Es martes a media mañana y los acusados se sientan taciturnos durante la sucesión de audiencias preliminares, presentaciones de cargos y pronunciamientos de sentencias que hacen de este martes uno como cualquier otro en el tribunal de Oren, una ciudad pequeña con un juzgado modesto.
              Preside un juez de poca cabellera —y ésta canosa—, ojos saltones y mentón bien definido. Su túnica es de un negro brilloso que le cubre toda la vestimenta excepto el nudo chueco de una corbata azul y el cuello de una camisa roja. Está en un sitio privilegiado dentro del juzgado, ya que lo separa de los demás un estrado de madera que le sirve de tarima para ver desde lo alto a todos los presentes. En este momento escucha la explicación que le hace un abogado parado tras un podio ubicado delante del juez; éste con la vista recorre a los presentes.
              Observa que las tres filas de bancas están repletas, todas personas diferentes, uno que otro convertido ya en viejo conocido del tribunal. Tal es el caso de un negro cuarentón que tiene cierto aprecio por la velocidad, cosa que lo lleva en reiteradas ocasiones a presentarse aquí. Aparece siempre bien vestido, y en las últimas dos ocasiones, con un libro en mano para pasar el rato. El juez advierte que esta vez lee lo que parece ser Tuesdays with Morrie, libro que hace tiempo el juez quiere leer pero que no ha podido por las exigencias de su oficio. 
              Cuando el abogado termina de hablar, el juez mira al acusado y pronuncia la sentencia: condena de seis meses de cárcel suspendida y multa de 2.500 dólares con intereses más un sobrecargo de 35 dólares. Mientras el acusado y su abogado se retiran con el «muchas gracias, su señoría» de rigor, el juez abre la carpeta de la siguiente causa y llama al individuo correspondiente.
              Se trata de un hombre excesivamente flaco y muy alto, con la cabellera rubia recortada al estilo militar. Se acerca al podio vistiendo un traje de estreno que, según observa la actuaria, no le queda nada mal. La actuaria es una señora pasada de años y de peso que hace tiempo se arrepintió de no haber estudiado derecho. Está convencida de que no le hubiera quedado grande eso de ser fiscal, pero a esta altura ya la calmaron los años. Ahora se contenta con sentarse de espaldas al juez, frente a un monitor plano conectado a una computadora. Se pasa las audiencias tecleando ferozmente los datos de cada causa y llenando casi sin respiro formulario tras formulario para que los acusados se lleven copia de las órdenes del señor de la túnica negra.
              Se presenta el abogado —quien es, casualmente, el mismo abogado de oficio que va a manejar trece causas más hoy— y asimismo se presenta el acusado.
              A medio metro de ellos el fiscal ni siquiera levanta la mirada. Con la mano izquierda cierra la carpeta de la audiencia que acaba de concluir y la desliza hacia un costado; con la derecha recoge una carpeta más de la pila de 84 expedientes que trajo esta mañana. Está sentado en una silla acolchada que acompaña a una mesa de madera barnizada. Sobre la mesa hay dos micrófonos (que registran cada sonido emitido para que conste en acta), un libro de tapa blanda (que en sus más de mil páginas abarca el código penal en su totalidad), un jarro metálico lleno de agua, varios vasos desechables y las 84 carpetas, una por cada causa. En silencio comienza a repasar rápidamente los hechos de fondo presentados en el parte policial.
              Por su lado el abogado defensor anuncia que ha llevado a cabo prósperas negociaciones con la fiscalía y que ambas partes han acordado una resolución. El juez observa el reloj de la pared; marca las 10:05 de la mañana. El fiscal está dispuesto a reducir los cargos originales a cambio de que el acusado se declare culpable, ventajoso acuerdo que evitará el costo y ajetreo de ir a juicio. El acusado no dice nada y el fiscal se pone de pie.
              El juez vuelve a recorrer a los presentes con la mirada. Advierte que hay tres personas que él considera hispanos, pero no se atreve a adivinar si hablan inglés. Lleva la mirada hacia una fila de sillas bastante cómodas que corresponden al personal del juzgado. Ve que allí están la agente de la Oficina del Régimen Probatorio y el intérprete, aquélla tomando apuntes y éste leyendo una revista en español. Deduce que por lo menos uno de los tres hispanos no habla inglés, suposición elemental y por demás acertada. Sucede que el de bigotes todavía no se maneja en inglés; el sin bigote y de abundante cabello negro se comunica en un inglés con acento pero bastante claro; y el de la cabeza rapada y nunca tatuada no sabe nada de castellano, excepto algunas frases sueltas que recuerda de su niñez.
              Ya el abogado defensor va por la parte en la que le corresponde explicar que ha repasado concienzudamente con el acusado sus garantías constitucionales. Levanta un documento impreso que explica uno por uno los derechos del acusado y que además deja por sentado que este los entiende y renuncia a ellos a fin de proceder a la pronta resolución del asunto.
              El alguacil recoge la hoja, se la alcanza al juez y vuelve a su lugar. Es un tipo fornido, que lleva un cinturón grueso en el que porta, entre otros tesoros, un aerosol irritante y una pistola Smith & Wesson de nueve milímetros. El cinturón es negro, al igual que las botas todo terreno, el pantalón de corderoy y la camisa de manga corta. Lleva abrochado sobre el bolsillo derecho de la camisa un escudo dorado que le sienta bien a un rostro cuya severidad se ve acentuada por un cráneo que parece lustrado. Nadie imagina que el alguacil está casado, con tres hijos, y que en este momento piensa en cómo hubiese salido Hips Don’t Lie, el último video de Shakira, si lo hubiera dirigido él.
              —¿Tenemos hechos de fondo que justifiquen la declaración de culpabilidad? —pregunta en inglés el juez y observa al fiscal.
              El fiscal explica que según el informe policial, el acusado se irritó con su esposa, la golpeó y trató de sofocarla con una almohada. Sentada a espaldas del fiscal, en la segunda de las bancas para los concurrentes, una diminuta mujer se lleva la mano a las sienes y cierra los ojos. Tiene la piel cobriza, detalle que el juez había observado pero que no lo llevó a concluir que fuera hispana, aunque efectivamente lo es. Hace años que ha dejado atrás el Perú: ya habla bien inglés (aunque con acento) y se viste como toda una señora de Oren. Lleva un pantalón vaquero no muy ajustado, una blusa celeste recatada y un sencillo bolso de cuero sintético.
              Considerando que hay hechos de fondo para condenar al acusado, el juez pregunta a las partes si desean proceder con el pronunciamiento de la sentencia. Tanto el fiscal como el abogado defensor asienten, por lo cual el juez pregunta si está presente la víctima. La muchacha de la blusa celeste se pone de pie. Conforme las instrucciones del juez, se acerca a la mesa de la fiscalía y procede a explicar de qué forma el delito cometido la ha afectado:
              —Sí, señor juez. Primero que nada, permítame decir que si yo estuve de acuerdo con que redujeran los cargos a perturbación del orden público es porque ya quiero acabar con esto y seguir con mi vida. Yo hace un año y medio me he casado con este hombre y ya me estoy divorciando. A la semana de la boda, él me golpeó por primera vez. Me prometió que iba a cambiar, así que seguí con él, pero siempre me golpeaba más y más, y siempre me prometía y yo le creía. Una vez, me golpeó y me fracturó mi brazo y me tuvo que llevar a la emergencia, pero les ha dicho que ha sido un accidente, que me he caído. En otra ocasión, me ha botado a la calle de noche desnuda. Fue una humillación demasiado grande —y se le quiebra la voz—. Ya una vez que me quiso matar con la almohada fue que hui a casa de mis padres. Él siempre me hacía promesas pero también me amenazaba de que iba a llamar a inmigración para que me deportaran a mis padres y a mí, pero ya me salí y hemos tenido que cambiarnos de casa, cambiar de trabajo, de teléfono —y se seca las lágrimas—.
              Se hace silencio y el caballero de tez negra, que ya no lee, piensa qué animal, ojalá que vaya preso, seguro lo violan.
              El juez agradece a la víctima y agrega, sonriendo por única vez en toda la mañana:
              —Por favor tome asiento. Me gustaría que se quede para escuchar la sentencia.
              En aras de la total imparcialidad, el juez da al acusado la oportunidad de pronunciar algunas palabras si lo desea. El tipo entra a alegar que no todo lo que dijo ella es cierto, pero que está dispuesto a proceder para dejar esto atrás.
              —¿No le fracturó usted el brazo? —pregunta el juez reclinándose en su sillón.
              —No—. Y ella abre la boca desconcertada.
              —¿La tuvo que llevar al hospital?
              —Sí.
              —¿Y no tenía ella el brazo fracturado?
              —No, era un moretón porque se tropezó—. Y ella se lleva la mano a la boca para taparse el llanto.
              —¿Es cierto que la botó a la calle desnuda?
              —No—. Una señora de brazos abultados y cabellera teñida de rubio que está sentada al lado de la diminuta muchacha la abraza y le susurra al oído que todo saldrá bien.
              —¿La boto a la calle o no?
              —Bueno, sí, pero era para que no nos peleáramos más.
              —¿A qué hora del día fue eso?
              —Eran como las diez.
              —¿De la mañana?
              —De la noche.
              —¿Cuándo fue esto?
              —En febrero—. Pleno invierno, piensa la agente de la Oficina del Régimen Probatorio
              —¿Estaba desnuda?
              —No.
              —¿Qué tenía puesto?
              —Su ropa interior.
              —Mentira —susurra en español la muchacha.
              El juez deja escapar una bocanada de aire y sigue:
               —¿Estaba calzada?
              —No me acuerdo—. El intérprete, que ya dejó la Newsweek en español piensa ¡Ah, sí, claro!
              —¿Trató usted de sofocarla?
              —No recuerdo. Estaba un poco tomado.
              El juez suspira, frunce el ceño y pregunta al abogado defensor si quiere agregar algo más. Se trata de un abogado que lleva quince años ejerciendo, cuatro de ellos ante este mismo juez. Consecuentemente sabe que en vez de tratar de justificar las acciones de su cliente es preferible señalar que en las negociaciones con la fiscalía han decidido recomendar conjuntamente que no se imponga encarcelamiento ni multas sino un año de libertad probatoria.
              —¿Quiere el Estado que se escuche su voz? —dice el juez, repentinamente consciente de que todos los presentes tienen la vista sobre él.
              El fiscal se pone de pie. Como para agregar suspenso al asunto se abotona el traje. Es un traje verde, de chaqueta cruzada, que se mandó a confeccionar con un sastre de primera calidad y baratísima mano de obra en Afganistán el año pasado cuando estuvo allá con la Guardia Nacional durante su período de servicio militar en la lucha contra los talibanes. Finge una tosecita, y acto seguido expone que efectivamente el acuerdo entre las partes contempla que se coloque en libertad probatoria al acusado. Recomienda además que se le mande a hacer un curso de control del temperamento. El juez se apoya sobre los codos y junta los dedos.
              —No me encuentro obligado a seguir esa recomendación. Voy a imponer las penas máximas que la ley me permite ante este cargo reducido. Caballero, usted va a ir preso hoy. Va a cumplir una condena de noventa días de cárcel y pagar una multa de 1.800 dólares con intereses más 35 dólares de sobrecargo. A mi derecha está la platea del jurado. Siéntese ahí hasta que lleguen de la prisión a buscarlo.
              El alguacil observa al condenado tomar asiento y piensa Cuando lo espose para que se lo lleven le voy a apretar las muñecas para que le duela.
              La muchacha le sonríe a la señora que la consoló y se seca las lágrimas con el índice. Se pone de pie y sale apresurada de la sala. Por primera vez, desde aquella paliza a los siete días de casada, se siente en paz.
              El que fuera su esposo la mira seriamente. Sus ojos parecen fríos, delatando un odio puro y dominante que le oprime el corazón. Ver a esa mujer partir le provoca un desprecio mezclado con asco.
              Una hora después se lo llevan esposado de muñecas y tobillos a la cárcel del condado. Cumple su condena y queda libre exactamente a los tres meses. Cuatro días después, a las 5:30 de la madrugada de un sábado como cualquier otro, la migra tumba la puerta de la casa donde vive la peruana con sus padres y se lleva a los tres.
Gabriel González Núñez was born in Montevideo, Uruguay, and is currently a translation professor at UTRGV. He has authored several short stories, which have been published in print and online magazines, including La Marca Hispánica, Ventana Abierta, Círculo, Entre Líneas, Narrativas, Punto en Línea, Tiempos Oscuros, miNatura, and El Narratorio. He was awarded the 2012 Platero Award by the UN Spanish Book Club for his short story “El viaje que no se dio.” He placed third in the 2009 Enrique Labrador Ruiz Award and obtained an honorable mention in the 36th Dr. Alberto Manini Ríos Contest. Additionally, he was a finalist in the 10th Gonzalo Rojas Pizarro Literary Contest.
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